Dos zurdos para inventar fantasía

Escrito por el 28 junio, 2018

Juan Fernando Quintero y James Rodríguez, amigos desde la infancia, conforman la baza más creativa de la selección colombiana.

Dos alquimistas del último pase parecieron conjurarse para reivindicar que la belleza no conspira contra la eficacia y que Colombia tiene fútbol para quedarse muchos días más en tierras rusas. El carrusel de servicios afilados y precisos, su capacidad asociativa y el fútbol en quinta velocidad mental que mostraron ante Polonia Juan Quintero y James Rodriguez elevaron la jerarquía del combinado de Pekerman con una victoria incuestionable y tres bellos goles.

En el primero James sacó un corner en corto, se apoyó en Cuadrado que prolongó la pelota hasta la frontal del área, donde la mirada de Quintero anunciaba un centro a la olla. Pero el pequeño zurdo miente de maravilla: Devolvió la pelota al primer toque hacia James, solitario en el lateral del área desde donde el jugador del Bayern ejecutó un sutil pase de gol a la cabeza de Yerry Mina. En el segundo tanto Quintero recibió la pelota en tres cuartos de campo y se inventó un control que duró la fracción de segundo suficiente para que Falcao se activara entre la línea defensiva rival. En la secuencia de la jugada el segundo toque de Quintero fue una fulgurante asistencia en profundidad, citando a Falcao para el mano a mano con el meta Szczesny que terminó con el delantero del Mónaco gritando el gol mundialista que llevaba una década soñando.

Con el viento a favor James se desató con otro extraordinario pase de gol: El 10 cafetero es capaz de entregar la pelota con distinto grado de potencia, velocidad y efecto según quién va a ser el destinatario del regalo para darle ventaja en la jugada. Así lo hizo tras recuperar un balón en campo colombiano sobre la banda izquierda con un inteligente amague y progresar diez metros con potencia y dos toques cortos. El tercer contacto de la zurda de James con el balón Telstar Metcha pareció descubrir nuevas cualidades rotatorias del esférico oficial: Efectuó una parábola rasa y fuerte que ganó la espalda de la zaga polaca y se frenó a los pies de Cuadrado que entraba desde su campo como un huracán tropical para anotar el tercer gol de Colombia.

El ejercicio de clarividencia, inventiva y precisión de James y Quintero tuvo lugar en Kazán, a 11.000 kilómetros del enclave en el que los dos zurdos habían tirado una pared por primera vez. En la primera jornada no coincidieron ante Japón: Quintero marcó un golazo de falta directa por debajo de la barrera y James le sustituyó en la segunda parte. James nació en Cúcuta, un año y medio antes de Quintero, natural de Medellín. En esa ciudad antioqueña los dos coincidieron como rivales en el Pony Fútbol, un torneo de fútbol base que desde hace tres décadas y con mucho enfoque social se ha revelado como una cuna de figuras. El club Envigado, a diez kilómetros de Medellín, reclutó primero a James y luego a Quintero, y allí dieron el salto al profesionalismo de manera muy precoz a la vez que consolidaban una bella amistad.

La infancia no fue fácil para Quintero. Se crio en la comuna número 13 de San Javier, un enclave castigado por la violencia y la criminalidad. En ese lugar se celebra cada año en marzo una ceremonia para denunciar la desaparición forzada de Juan Enrique Quintero en 1995. Era el padre del centrocampista colombiano que por entonces tenía dos años. Salió de la casa familiar en el barrio del Socorro para alistarse en el Ejército Nacional. Su pista, hasta el día de hoy, se perdió en un cuartel entre versiones confusas y contradictorias de los mandos, vecinos y familiares. Un tribunal antioqueño denegó la demanda de la familia Quintero por la desaparición del recluta en una época en la que la violencia planeaba con múltiples formas por todo el país. James se convirtió casi en el hermano mayor del pequeño “Quinterito”.

Pasaban mucho tiempo juntos en casa de la madre de James, de la que Quintero siempre recuerda “que me regañaba mucho y todavía lo hace. Es una buena persona que entiende de fútbol y lo hace por el bien de uno. Me abrió las puertas de su casa para estar con James, para cuidarnos”. Cuando ella vio despegar la carrera de su hijo ya avisaba a los medios locales de que siguieran de cerca al pequeño amigo de su vástago. James emigró, primero al Banfield argentino y después al Oporto. Cuando el club luso traspasó a James al Mónaco lo sustituyó por Quintero, que había rendido bien en el modesto Pescara italiano, tras destacar en el Atlético Nacional colombiano y en la selección colombiana sub 20. Quintero jugó muy poco en el Oporto e incluso pidió que le dejaran actuar en el equipo filial. Sabía que Pekerman seguía su trayectoria. El técnico argentino se lo llevó en 2014 al mundial de Brasil donde Quintero jugó tres partidos y anotó un gol ante Costa de Marfil con 19 años.

Pero mientras James, con el trampolín de su gran mundial, ingresaba en la aristocracia del fútbol europeo de la mano del Real Madrid primero y del Bayern de Munich después, la carrera de Quintero parecía estancarse. Sin minutos en Oporto, salió cedido al Rennes en 2015. Tampoco Francia le ofreció una progresión necesaria y tomó una decisión arriesgada: Regresar a Colombia, al Independiente de Medellín. Recuperó su mejor nivel, y una gran actuación en el Monumental de Buenos Aires ante River Plate por la Copa Libertadores 2017 llamó la atención de Marcelo Gallardo, técnico del cuadro argentino que también fue un “diez” con panorama y último pase. En enero de 2018 River negoció una cesión de Quintero por un año pagando al Oporto 500.000 dólares, y asegurándose una opción de compra inferior a los cuatro millones. El club argentino está a punto de ejecutarla y Quintero pasará a tener una clausula rescisión de 22 millones de euros.

Su pasaje por River mantiene una curva ascendente. Llegó a Buenos Aires con un evidente sobrepeso, que el jugador achacaba a su morfología: “No soy gordo. Soy nalgón”, dijo, y había sospechas sobre su capacidad para implicarse en el esfuerzo defensivo. Pero sus intervenciones decisivas en varios partidos de Libertadores entrando desde el banquillo le abrieron de nuevo las puertas del combinado cafetero. Pekerman sólo le había convocado una vez en toda la larguísima fase de clasificación para Rusia 2018. Le volvió a llamar en marzo, para un amistoso ante Francia que Colombia ganó 2-3 en París.

“Nunca ha dejado de ser jugador de selección. No tuvo una buena continuidad en el último tiempo pero su paso por River reforzó el concepto de que es un jugador muy valioso”. El técnico argentino se había percatado de que no estaba ante una apuesta de riesgo, si no ante una variante que podía potenciar seriamente el ataque colombiano. Ahora, desde su metro sesentayocho Quintero vuelve a dirigir su mirada un par de palmos más arriba buscando la cercana sonrisa de James. Como en sus tiempos en el semillero de Envigado. “Lo soñamos siempre. Soñamos que algún día teníamos que jugar juntos” dice el número 20 de Colombia.

La autoridad que representa para el fútbol colombiano Pacho Maturana afirma que “es reconfortante ver a Juan Fernando asumiendo el liderazgo. Cuando piensas en el balón no hay riesgo. Y con “JuanFer” y James indudablemente que el balón es el centro de atención”. De que el seleccionador potencie una de las mejores sociedades que se han visto este mes en Rusia dependerá en buena medida el futuro de Colombia. James ya está consolidado como un jugador de primer nivel. Mientras, la zurda de “Quinterito” sigue asombrando a todos y revalorizándose con cada toque suti en el mundial. “¡Juan! ¡Sos un crack! ¡Sos un crack!”, le gritaba un convencido Pekerman a Quintero el pasado domingo tras su luminosa asistencia de gol a Falcao.


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