El dueño de la gran cosecha paraguaya

Escrito por el 30 mayo, 2018

Con un 8% de la producción local, el Grupo Favero lidera el sector de la soja en el país sudamericano, cuarto exportador mundial.

Tranquilo Favero es el más conocido de los ‘brasiguayos’, como llaman en Paraguay a los miles de brasileños que cruzaron la frontera a partir de los años 60 con el fin de comprar tierras e instalarse para cultivarlas. Llegó al país en 1968 con la idea de pasar un fin de semana, pero prácticamente nunca regresó. Compró una propiedad rural en el este paraguayo, cerca de la zona limítrofe que demarca el Río Paraná, y desde allí comenzó a forjar un imperio agropecuario que se extendió a todo el territorio y le granjeó el mote de rey de la soja, por ser el mayor productor en pleno auge de los precios de las materias primas. El Grupo Favero explota hoy más de 160.000 hectáreas y produce alrededor del 8% de la oleaginosa en todo Paraguay, el cuarto exportador mundial después de Brasil, EEUU y Argentina.

El fundador de la empresa, de 80 años, asegura, en los vídeos de la compañía, que su grupo fue “uno de los pilares” del desarrollo agrario que ha posicionado a Paraguay entre los líderes sojeros. Fue pionero en la mecanización de la actividad, que impulsó el avance de las explotaciones a gran escala en la región oriental del país. El río Paraguay divide al territorio homónimo en dos: al oeste, la zona más árida y despoblada del Chaco; y al este, la tierra más fértil y productiva, que representa el 40% del territorio pero es donde viven más del 90% de los paraguayos.

En otra época, la zona oriental fue la porción paraguaya del Bosque Atlántico, pero hoy es un mar de soja, y en menor medida, de otros cultivos, que se extiende hasta el cauce del Paraná. En esa zona limítrofe con Brasil nació la primera y la más importante de las nueve firmas que conforman el grupo: Agro Silo Santa Catalina. Su actividad está centrada en la producción y la comercialización de productos agrícolas en tierras propias y arrendadas, principalmente oleaginosas, pero también otros granos como maíz, trigo, canola y girasol. La empresa tiene operaciones e instalaciones de acopio (silos) en 13 de los 17 departamentos del país, donde alcanza una capacidad de almacenamiento estática de más de 140.000 toneladas.

La división logística de Agro Silo Santa Catalina tiene una flota de 30 camiones propios y otros 700 contratados. Son clave para el transporte de los granos hasta la terminal fluvial de Totemsa, otra de las firmas del conglomerado. El complejo portuario del Grupo Favero, en Ñacunday, a orillas del río Paraná, tiene una capacidad de almacenaje de 60.000 toneladas y una cinta de embarque que puede cargar 1.000 toneladas por hora.

En la compañía se negaron a responder preguntas para este reportaje y dar sus datos de facturación, pero las cifras de la agencia tributaria de Paraguay dan un indicio de la dimensión del negocio: en 2016, Agro Silo Santa Catalina fue por sí sola la tercera mayor contribuyente al fisco. La cifra alcanzó los 9,3 millones de euros en un país donde la carga tributaria es de las más bajas de la región (el impuesto a las ganancias no supera el 10%). El monto es mayor si se tienen en cuenta las operaciones de Agrotoro, la segunda firma del grupo en el sector de la producción de granos, con 25.000 hectáreas propias. Otras tres empresas del conglomerado se dedican a la ganadería. Su actividad está centrada en la cría de la raza Nelore, un tipo de cebú muy resistente y apto para las zonas agrestes.

Según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, por su sigla en inglés), el Chaco es la región con el mayor potencial para la incorporación de nuevas tierras a la producción sojera de Paraguay, en especial si progresan los desarrollos de semillas más resistentes a las altas temperaturas. Pero por el momento, los mayores precios de la carne han vuelto más rentable la actividad ganadera y ralentizado el avance del cultivo.

También influye la caída en el valor de la oleaginosa, que superó los 600 dólares por tonelada en los años del auge y hoy ronda los 380. Pero los márgenes más estrechos no han detenido el impulso de la división agrícola de Favero. Tras el desplome de los granos, la empresa invirtió cinco millones de dólares para ampliar la capacidad de su terminal portuaria.

Las denuncias por los daños ambientales de la soja son recurrentes y el Grupo Favero se esmera en comunicar que un gran porcentaje de sus propiedades son reservas naturales. En la región del Alto Paraná, en el este, la compañía conserva 15.000 hectáreas de bosque, que representan un 37% de su propiedad en la zona. En 2009, sin embargo, la empresa fue penalizada por desmontar en la Región Occidental cerca de 18.000 hectáreas en dos años, el triple de la extensión que se le había autorizado.

La soja es al mismo tiempo uno de los motores por los que el país crece ininterrumpidamente desde hace 15 años, a una tasa media del 4,5%. Desde 2003 la pobreza pasó del 50% al 28%. Pero muchos campesinos se han quedado al margen del despegue de la agricultura extensiva y el Grupo Favero suele ser blanco de los reclamos sociales.

En 2012, unos 3.000 ‘carperos’ (campesinos sin tierra) entraron armados con machetes y palos a una de las propiedades de la empresa en el distrito de Ñacunday. Las organizaciones campesinas denuncian que en esa zona unas 11.000 hectáreas son ocupadas de forma ilegal por la compañía. Las declaraciones de Favero a la prensa no hicieron más que agravar el conflicto. En una entrevista con el diario brasileño Folha de Sao Paulo el empresario afirmó que los ‘carperos’ son “como mujer de malandro, que solo obedece a base de palos”. La de Favero es solo una de las numerosas disputas de tierras que existen. Fue uno de los picos de tensión en los meses previos a la caída del Gobierno de izquierda de Fernando Lugo. El expresidente (2008-2012) asumió con la promesa de realizar una reforma agraria que nunca se concretó y fue destituido en un expeditivo juicio político a raíz de la masacre de Curuguaty, como se conoce el desalojo de un grupo de ‘carperos’ de otra propiedad privada que terminó con la muerte de 11 campesinos y seis policías. Además, en el noroeste opera el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), un grupo terrorista que ha secuestrado a varios empresarios y cometido asesinatos desde su aparición en 2008.


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